Cada segundo la tierra es bombardeada
por rayos gamma y partículas subatómicas que viajan en los límites de la
velocidad de la luz. Esta radiación, llamada radiación cósmica debido a su
origen espacial, es tan potente que al hacer contacto con el aire de nuestra
atmósfera provoca una serie de colisiones que generan una cantidad inmensa de
energía, la cual es capaz de crear nuevas partículas de materia en el camino.
Estas nuevas partículas, a su vez, colisionan con otros elementos de la
atmósfera y repiten el fenómeno en cadena.
Los últimos productos de estas
colisiones en cadena llegan hasta la tierra y, con ayuda de los instrumentos
adecuados, pueden ser medidos y analizados para determinar la velocidad y la
dirección del rayo o partícula que les dio origen varios kilómetros más arriba.
El conocimiento de la naturaleza de estos fenómenos nos ayudará a comprender
mejor las leyes que rigen al Universo.
Se sabe que cada rayo gamma, al interactuar con el aire atmosférico, es capaz de generar dos partículas muy características; una es un electrón y la otra es su equivalente de carga eléctrica contraria: un positrón. Estas partículas son capaces de crear por su cuenta un nuevo rayo gamma similar al original pero con una energía un poco menor. Este tipo de reacciones en cadena, a diferencia de las creadas por otros tipos de rayos cósmicos con menor energía, pueden extenderse hasta alcanzar un área de varios kilómetros cuadrados y que incrementa conforme desciende a la tierra haciendo más complicado analizar su origen.
Aunque esta tecnología ya existía y se
había implementado en otros lugares del mundo, el observatorio HAWC está
planeado para poseer una capacidad de percepción mayor que sus antecesores.
Esto se debe en parte a su tecnología de punta, pero también por su particular
localización, a 4100 metros de altura entre el Pico de Orizaba y el volcán
Sierra Negra, en Puebla y muy cerca del límite con Veracruz.
El observatorio HAWK, al estar a una
altura tan elevada, puede percibir con mayor facilidad las lluvias de
partículas y rayos gamma con menor potencia que normalmente se extinguen antes
de tocar la tierra. La suma de estas características permite que se enfoque en
analizar rayos gamma en un rango de energía mucho más amplio que los demás y
sea capaz de abarcar la mitad de todo el cielo del planeta en el lapso de un
día entero.
El complejo incluye un total
de 300 detectores de agua de siete metros de diámetro y cinco de alto,
distribuidos en un área de 22,000 metros cuadrados. A partir del primer día de
agosto de 2012, el observatorio comenzó a operar con los primeros 111 tanques
instalados pero alcanzó su capacidad total de funcionamiento hasta marzo de 2015.
En su construcción y operación
participaron numerosas instituciones de México y Estados Unidos entre los que se
encuentran: el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE),
la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) a través del Instituto de
Astronomía, el Instituto de Ciencias Nucleares, el Instituto de Física, y el
Instituto de Geofísica; la Universidad de Maryland, la Universidad de Nuevo
México y el Laboratorio Nacional Los Álamos.





