domingo, 19 de mayo de 2013

Qué se dice y qué se siente

Por la mañana leía un libro sobre la evolución del intelecto humano —Los dragones del edén de Carl Sagan; ampliamente recomendado para todo público— y atisbé un dato muy interesante: nuestro cerebro, al igual que prácticamente todos nuestros tejidos orgánicos, tiene la misma densidad que el agua. De inmediato fui a meter el brazo a una cubeta que recién había llenado mi papá de ese hermoso líquido.

Transparente como el aire pero pesado como la arena. Tan maleable al surco del tacto y a la vez tan estable en reposo. Tan físicamente compleja y tan químicamente simple... ¡¿Acaso no parece tema de fantasía?!

Es difícil imaginar que con la misma cantidad de materia contenida en 1.3 litros de agua se pueda generar un cerebro capaz de intentar imaginar que con la misma cantidad de materia contenida en 1.3 litros de agua se pueda generar un cerebro capaz de intentar imaginar que con la misma cantidad de materia contenida en 1.3 litros de agua se pueda generar un cerebro capaz de intentar imaginar... Ah... Imaginar...
El cerebro y el agua... Pura fantasía.


Saqué la mano del agua. Mis dedos goteaban creando ondulaciones en la superficie y contrastantes divergencias luminosas en el fondo de la cubeta. Estaba comenzando a desvariar sobre esas alineaciones diferenciales a nivel molecular que, a pesar de tratarse de un material tan homogéneo, de un momento a otro concentraban o bloqueaban por completo el paso de la luz. Estaba en eso cuando recordé que tenía que leer este fin de semana tres libros más; no tenía tiempo de ponerme a desvariar más.

Al principio me entristeció la idea y hasta me enojó un poco, pero después me motivó el pensar en todos los demás datos interesantes que siguen ocultos en las casi 800 páginas que aún debo recorrer las siguientes 72 horas.

Justamente ayer, una muy estimada amiga me comentó que el placer de leer un libro no tiene comparación. Le contesté que, según me cuentan algunos experimentados, se puede comparar con los efectos de algunas drogas o con esa sensación que los románticos llaman 'le petit mort'. "Pero qué sé yo...", concluí, pues mientras no sea Lindsay Lohan o el protagonista de 'El amor en los tiempos del cólera' y haya de verdad probado el exceso, debería yo guardar mis juicios.

Mientras tanto, al parecer lo que más me conviene es regresar a mi lectura y les sugiero que, aunque ustedes sí sean amigas de Miss Hilton o lleven un diario lujurioso, se den la oportunidad también de experimentar el éxtasis de una buena lectura. Ya tienen aquí un buen ejemplo cortesía de Carl Sagan.

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