Al ver diagramas de nuestro sistema solar,
o las fotos de nuestro planeta tomadas desde el espacio, pareciera que estamos
flotando en medio de un vacío absoluto. Es cierto que el espacio exterior es
increíblemente vasto y entre cada planeta, estrella o galaxia existe una
distancia inmensa, pero eso no significa que no haya nada en medio. Si
pudiéramos ver de alguna manera las trayectorias de todas las diminutas
partículas que inundan cada centímetro cúbico del espacio nos daríamos cuenta de que
en realidad vivimos en medio de un océano tormentoso lleno de violentas
corrientes que viajan en todas direcciones.
Nuestro propio sol arroja a su alrededor
miles de toneladas de materia cada segundo. A este fenómeno se le conoce como
viento solar y está compuesto principalmente de protones y neutrones que son
dos de los componentes básicos de los átomos. Estas corrientes, al acercarse a la Tierra, son desviadas por
el propio campo magnético del planeta pero hay muchas partículas que logran penetrar hasta las
partes más bajas de la atmósfera.
Este tipo de radiación estelar puede ser
medida con instrumentos para determinar la velocidad con la que llega al
planeta, y aunque el sol es una fuente de energía muy poderosa, estas
partículas no pueden compararse con las que llegan de estrellas mucho más lejanas,
o incluso de otras galaxias. A cada segundo, la Tierra es bombardeada con
partículas de materia que viajan casi a la velocidad de la luz y que, al entrar
en contacto con el aire de nuestra atmósfera se generan colisiones de una
energía impresionantemente alta que el humano no ha sido capaz de generar en
ningún laboratorio.
Aún no se sabe con exactitud de dónde
provienen estas partículas a las que ahora llamamos rayos cósmicos, ni cómo es
que obtienen esa cantidad tan grande de energía. Algunos científicos sugieren
que son productos de estrellas que explotan y producen una supernova, la cual
genera una onda de choque que puede acelerar de manera considerable las
partículas que la componen y rodean. Pero aún así, las velocidades de los rayos
cósmicos siguen siendo mucho mayores a lo que producirían las supernovas.
Otra explicación posible es que provienen
de objetos celestes llamados púlsares que son estrellas muy pequeñas pero sumamente
pesadas que giran a velocidades muy altas. Éstos pueden dar varios cientos de vueltas
sobre sí mismos en un sólo segundo, lo cual crea a su alrededor un campo
magnético muy fuerte que genera un haz de radiación altamente concentrado y que gira
con él como si fuera la luz de un faro en la playa. Se les llama púlsares porque esta radiación llega la
tierra en forma de un pulso debido a las interrupciones que se dan cada vez que la estrella da media vuelta.
Aunque es probable que muchos de los rayos
cósmicos se originen en los púlsares aún no se se tienen las pruebas
suficientes para asegurarlo. La opción más prometedora hasta el momento es
suponer que provienen del centro de otras galaxias en los que posiblemente se
encuentra un objeto que llamamos agujero negro.
Aún no se ha confirmado la existencia de
ningún agujero negro, pero se cree que son cúmulos de materia tan pesados y
concentrados en un espacio tan pequeño que atraen hacia ellos todo lo que está
a su alrededor con una fuerza infinitamente grande capaz de absorber incluso
los rayos de luz. Es por esto que no se han podido detectar con ningún
telescopio o detector de otro tipo. La única manera de rastrear un agujero
negro es observando la manera en que afecta a los objetos cercanos a ellos. Se
cree que en el centro de la mayoría de las galaxias existe un hoyo negro
supermasivo que mantiene girando a su alrededor todo el material galáctico como
estrellas y nubes de polvo.
Aún no hay forma de corroborar estas
ideas, principalmente porque las partículas que componen los rayos cósmicos, al
estar cargadas eléctricamente, tanto positiva como negativamente, pueden ser
desviadas por otras fuerzas en su recorrido hasta la tierra, perdiendo así el
rastro de su origen.
Afortunadamente existe un tipo de
radiación cósmica que no se ve afectada por otras fuerzas magnéticas ni
gravitacionales. Se trata de los rayos gamma. Estos rayos tiene la misma
naturaleza que la luz visible, sólo que poseen una energía mucho mayor. Gracias
a instrumentos de alta tecnología es posible observar el efecto que los rayos
gamma producen al impactar en la atmósfera y reconstruir su trayectoria.
Ya se han construido numerosos detectores
y observatorios de rayos cósmicos a lo largo del mundo y poco a poco se aprende
más sobre ellos. Cada descubrimiento nos acerca más a la comprensión del
complejo, vasto y dinámico Universo en el que vivimos.

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